hello@guillermosantoma.com

c/ Tirso de Molina 35 Nave E. 08940 Cornellà de LLobregat

MODERNS 2016 – 2018

Hablemos de la ideología de ser modernos, de la línea transversal que unifica el pensamiento. No hablemos de objetos, sino del vacío que permite construirlos. El estado de la modernidad es el no hacer: el antiobjeto, toda esa preparación que luego se destruye construyendo con la instantaneidad de convertirse en voz de los personajes que, en mi opinión, marcan la modernidad, unos personajes que, aun siendo de hace siglos, podríamos llamar posmodernos, supermodernos o simplemente antimodernos. Gente que, aun siendo ellos los más modernos, detestaban la modernidad. Una parte de los herederos de Arthur Rimbaud ha comprendido algo inaudito: hoy en día el único moderno digno de llamarse como tal es el antimoderno. “Hay que ser absolutamente antimoderno”. Esta frase de Rimbaud no fue más que un meme, al igual que su más famoso “je est un autre”. “Je est un autre”, así empezamos, siendo otros: nos acercamos al principio de la modernidad, a su fundador Charles Baudelaire, el más antimoderno de los posmodernos, al igual que a Walter Benjamin, quien sostenía: “Vagabundear para liberarse de los objetos”. Benjamin hablaba del aura del objeto personal, pero quizás existía un aura del simulacro, una simulación auténtica en un momento dado. En todo el tiempo que llevamos de modernidad, hubo un personaje transversal y triédrico conformado por Charles Baudelaire, Marcel Duchamp y Andy Wahhol. Pongamos un ejemplo. Cuando Warhol pintó las latas de sopa Campbell en la década de 1970, fue un lance imprevisto, un brillo sorprendente de la simulación; de un solo golpe, el objeto mercancía, el signo de la mercancía, quedó irónicamente sacralizado para el arte moderno; este es el único ritual de transparencia que nos queda. Pero cuando Warhol volvió a pintar las mismas latas de Campbell veinte años después, ya no encontramos el brillo de la simulación, sino su estereotipo. En la primera tanda, Warhol atacaba el concepto de originalidad de una manera original; en la segunda reproducía lo original de una manera no original. En el fondo, el genio maligno de la mercancía suscita también cierto genio maligno de la simulación. En la segunda tanda, nada queda ya del genio de la mercancía en la obra de Warhold; esta sustituye al arte y cae en aquello que Baudelaire vino a llamar “la estetización general de la mercancía”. También podría decirse: “La falsificación se diferencia de lo original en que parece más auténtica” (Ernst Bloch). “La historia no podría repetirse sino bajo la forma de una farsa” (Karl Marx). La historia se comporta de una manera similar a las técnicas que utilizan los miembros de Oulipo, como “una rata que se construye ella misma el laberinto del que se propone salir” (George Perec). Los franceses han inventado el concepto de modernidad hasta el punto de que todos nos lo hemos acabado creyendo. Durante la Revolución Francesa se produjeron los cambios necesarios para entrar en una época que todavía no hemos conseguido revertir; admitámoslo: la modernidad es política. “Mi afición intempestiva por la libertad” (Alexis de Tocqueville) explicaría que el rasgo del antimoderno es ser guasón y que prefiere el escándalo antes que servir a la verdad: “El gusto del adorno” (Stendhal). Recordemos que los antimodernos son los modernos en libertad, los escritores que son arrastrados por la corriente moderna pero que la repudian. “No estoy bien en ninguna parte […], yo era a la vez un hombre del pasado y un insurrecto empeñado en desagradar” (François-René de Chateaubriand). Gustave Flaubert escribía a George Sand sobre la muerte de uno de sus mejores amigos, Théophile Gautier: “Murió de asco de la vida moderna, el 4 de septiembre lo mató. Mi más viejo amigo había muerto de asco por la infección moderna, de asco por la carroña moderna”. “Esa grave enfermedad: el horror al domicilio” (Baudelaire); no tiene casa ni mesa ni cama: “El moderno se conforma con poco”. Joseph de Maistre, una de las principales influencias de Baudelaire, escribía algo así hablando del conde Stroganoff: “No tenía dormitorio, ni siquiera una cama fija; se acostaba a la manera de los antiguos rusos, sobre el diván o sobre una pequeña cama de campaña que hacía colocar en cualquier parte según su capricho”. “Todo para hoy, nada para ayer, nada para mañana” (Francis Picabia), “el pensamiento moderno se anuncia en el presente” (Baudelaire): esa linterna que ensombrece todos los objetos del conocimiento. ¿Hay algo más absurdo que el progreso? “Nadie tiene derecho a comportarse conmigo como si me conociera”. Algo es moderno si postula su propia extinción, si se inscribe en la perspectiva de su futura inutilidad, si programa parámetros de su muerte anunciada. “En mi opinión, no se puede prohibir a un escritor hablar como si fuera otro” (Robert Walser). Aunque la modernidad no tiene nada que ver con la vanguardia, podríamos aplicar aquello que decía Roland Barthes cuando quería situarse en la retaguardia de la vanguardia: “Ser de vanguardia significa saber lo que está muerto; ser de la retaguardia significa amarlo todavía más”, lo que se parece a aquello que contestó Sócrates a la pregunta a Hipias: “¿Qué es la belleza? Lo bello es una muchacha bella”, una aparición fugitiva, una imagen conveniente en un lugar y un momento determinados, no una idea abstracta y normativa que el arte tendría que rechazar. “Una vez producido el efecto, es preciso partir” (George Bryan Brummel).